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TODOS LOS SANTOS

Catecismo

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No hay ni un solo día del calendario en el que no se conmemore la fiesta de algún santo o santa. Hay días en el que incluso coinciden varios de ellos. Estas hermanas y hermanos nuestros que nos han precedido en la fe, son puestos como modelos a seguir en nuestra vida cristiana. Sus vidas son para nosotros una prueba de lo que Dios es capaz de hacer en una persona, cuando pone toda su existencia en sus manos. Sus vidas son una prueba de lo que Dios es capaz de hacer en el mundo, a través de una sola de estas personas. Pero son muchas más las personas que han alcanzado la santidad que las que oficialmente han sido reconocidas como tales. Ninguna de ellas ha pasado desapercibida en su entorno, y su labor se sigue recordando incluso al cabo de los siglos. La Iglesia, consciente de la imposibilidad de reconocerlos a todos, les rinde homenaje en este día de Todos los Santos.

A veces, cuando se lee la biografía de algún santo o de alguna santa, se tiene la sensación de que fueron una especie de superdotados espirituales, y automáticamente, dejan de ser un modelo a seguir para nosotros, porque imitarlos nos resulta del todo inalcanzable. Afortunadamente, algunos de ellos nos dejaron por escrito como eran sus vidas antes de comprometerse con el Señor, y entonces vemos que no nacieron siendo santos, y que incluso llegaron a vivir bastante apartados de la fe. Esto nos deja sin excusas. Tenemos muchos modelos a elegir entre las santas y los santos. Que cada uno se quede con quien le resulte más fácil identificarse. Algunos empezaron su camino de santidad en la niñez, otros en su juventud, otros en su edad madura, y algunos incluso ya en su vejez, por tanto, que nadie ponga como excusa su edad. Cada uno alcanzó la santidad dedicándose a la tarea a la que se sintió llamado, y son muchas entre las que podemos elegir; que cada uno descubra hacia cuál de ellas se inclina su corazón.

Todos estamos llamados a la santidad. No hay excusas. Justo unos versículos después de los que hemos leído en el Evangelio de San Mateo, el Señor dice: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.” ¿Qué tenemos que hacer para alcanzar la perfección que nos pide el Señor? Amar. Ser perfecto es amar a Dios, amar a todas las personas, amarse a sí mismo, amar a toda su creación. Desde ese amor es desde donde se hace posible vivir las bienaventuranzas que hemos escuchado. Las bienaventuranzas nos invitan a vivir nuestra relación con Dios, con los demás y con nosotros mismos, de una manera distinta a como lo veníamos haciendo con los mandamientos.

En los diez mandamientos predominan las prohibiciones: no tomarás el nombre de Dios en vano, no robarás, no matarás, no cometerás actos impuros, no codiciarás lo bienes ajenos, no mentirás, etc. El Señor no deroga esta ley, sino que quiere que vayamos aún más allá de su literalidad. Nos enseñó que se puede cometer adulterio no solo con el cuerpo sino también con el corazón; que se puede matar a otra persona sin quitarle la vida; etc. En las bienaventuranzas se nos invita a vivir conforme a unas actitudes; no hay ni una sola prohibición; nos compromete más allá de los actos o pecados concretos. No se trata de no hacer cosas, sino de vivir conforme a unas actitudes.

Los fariseos de aquella época y los de la nuestra, se consideran a sí mismos piadosos y buenos, porque no matan, no roban, no mienten, etc. Viven sus vidas evitando hacer cualquier cosa mala que ofenda a Dios, pero tampoco hacen ninguna cosa buena que le agrade. No se relacionan con Dios como hijos, sino como empleados suyos. Piensan que Dios tiene que sentirse orgulloso de ellos, porque no hacen nada de lo que le desagrada; porque cumplen, como buenos trabajadores, todas sus normas. No es esa la actitud que vemos en los santos.

Los santos se ven a sí mismos como pobres pecadores de los que Dios se ha servido para llevar a cabo su obra. No se sienten orgullosos de lo que han hecho o de lo que han conseguido, porque consideran que ellos no han hecho nada; sino que todo lo ha hecho Dios. No vivieron sus vidas esquivando pecados, sino sembrando el Reino de Dios. La compasión que sentían hacia los necesitados, era la compasión con la que se sentían tratados por Dios. La paciencia que mostraban hacia quienes se oponían a su tarea, no era otra que la paciencia que ellos experimentaban que Dios tenía con ellos. El perdón que tan fácilmente daban a quienes les ofendían o hacían daño de cualquier modo, no era otro que el perdón con el que ellos se sentían perdonados por Dios. En definitiva, el amor con el que amaban a los demás, no era otro que el amor con el que ellos mismos se sentían amados por Dios.





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