BUSCAD MI ROSTRO

SAN JOSÉ

Catecismo

Acerca de las cookies









San José es una de esas personas que pasan desapercibidas por su humildad pero cuya bondad les imprime una grandeza que la historia no puede dejar pasar por alto. No sabemos mucho de él. Apenas se le menciona en la Biblia. Debemos suponer que es un hombre honesto con un trabajo sencillo, que no busca otra cosa que ganarse la vida honradamente y formar su familia. Su fe en Dios y su disponibilidad para hacer lo que le pide, no se improvisan. Está claro que es una persona piadosa, que trata de vivir conforme a los mandamientos de Dios, y que está dispuesta en todo momento a cumplir su voluntad. De otro modo, no se explica la manera en que hace frente a la situación que le toca vivir.

No es necesario especular mucho respecto a lo que pensaría San José cuando supo lo del embarazo de María. Pensaría que la mujer con la que estaba desposado, le había traicionado; le había sido infiel; había cometido adulterio. Estaría profundamente decepcionado, dolido y conmocionado. Todos sus planes de vivir con ella y formar una familia, quedaban desbaratados. En un ataque de ira por ese desprecio de su mujer, podía haber seguido la tradición de arrastrarla hasta la casa de sus padres, para devolverla como si fuera una mercancía defectuosa, y denunciándola públicamente por su pecado, haber promovido su lapidación hasta la muerte. Sin embargo, en su corazón lleno de bondad, no cabe el deseo de hacerle ningún daño a María, y decide repudiarla en secreto.

San José renuncia a María y a su proyecto de formar una familia con ella. Tal vez pensó que, algún día, encontraría a otra mujer con la que pudiera llevar a cabo ese mismo proyecto. Sin embargo, esto deja a María y al niño que lleva en su vientre, en una situación muy difícil y peligrosa. Dios le necesita y le va a pedir que le encubra; que sea su cómplice respecto a sus planes. Dios le pide que acepte a María como su esposa, y que finja ser el padre de su Hijo, acogiéndolo, protegiéndolo y educándolo como si fuera suyo. San José cree, confía y acepta la misión que Dios le encomienda de forma inmediata. Podía haberse negado; podía haber pedido explicaciones; podía haberse quejado de que se le pidiera algo así; pero ama a Dios sobre todas las cosas, y no duda en colaborar con sus planes.

San José es testigo privilegiado de uno de los principales misterios de nuestra fe: la encarnación del Hijo de Dios. Asistirá a su nacimiento y contemplará con asombro la grandeza y omnipotencia de Dios en la fragilidad de un recién nacido. Le verá crecer, dar sus primeros pasos, decir sus primeras palabras, y se quedará maravillado ante el hecho de tener delante de sus ojos, a aquel de quien se le dijo que venía para salvar a su pueblo de sus pecados. Ante una revelación así, San José sabe quedarse en un segundo plano; no busca ningún protagonismo ni reconocimiento. Lo importante es que se cumpla la voluntad de Dios, y que su Hijo pueda anunciar a todo el mundo su mensaje de salvación.

No sabemos cuándo ni cómo se produjo la muerte de San José. Pero de una persona así, no es ningún riesgo asegurar que, mientras vivió, trató de cumplir con la tarea que Dios le encomendó de la mejor forma posible, y que Jesús le quiso entrañablemente como se quiere a un padre bueno. Por su parte, María tenía en él a su confidente. Sólo con él podía hablar de este misterio que les tocó vivir en primera persona. Sólo él podía entenderla y apoyarla. Por eso, tampoco creo que sea ninguna temeridad afirmar que María también le quiso como se quiere a un esposo fiel, y que gracias a su apoyo y protección, le fue más llevadera la tarea de ser la Madre del Hijo de Dios.

Si comparamos la vida de San José con la de otros santos, podría parecer que no hizo nada extraordinario o digno de ser resaltado. No tenemos noticias de que, durante su vida, realizara algún milagro, diera grandes discursos, o tuviera miles de seguidores. Ciertamente no ha pasado a la historia por ninguna de esas cosas. Si hoy le recordamos y nos fijamos en su vida, es por haber sido la primera persona en la que Dios confió, después de María, para llevar a cabo su plan de salvación; por haber creído, sin dudarlo, en ese descabellado mensaje de que su mujer estaba embarazada por obra del Espíritu Santo; por realizar su importantísima tarea de forma sencilla y callada, renunciando a sus proyectos personales para realizar el que Dios le propuso.

Paradójicamente, la aportación de San José al plan salvífico de Dios no fue confesar que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios, y dar testimonio de su fe en Él a todo el mundo, sino todo lo contrario: ocultar su origen y naturaleza; guardar en su corazón, como María, ese secreto que Dios le confió, para cumplir su voluntad de crecer y ser como uno cualquiera de nosotros, hasta que decidiera revelarse y comenzar su vida pública.





ACERCA DE LAS COOKIES

Este sitio no almacena información personal sobre los usuarios que nos visitan y contiene las cookies habituales de la mayoría de las web.

ACERCA DE LAS COOKIES

Este sitio no almacena información personal sobre los usuarios que nos visitan y contiene las cookies habituales de la mayoría de las web.