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NATIVIDAD DEL SEÑOR

Catecismo

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Hoy celebramos uno de los acontecimientos más importantes de nuestra fe: el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hoy es uno de los días más importantes del año para el cristiano. Tan importante, que su celebración no se ha improvisado a última hora, sino que la hemos venido preparando durante todo el tiempo de adviento. Hoy celebramos uno de los mayores misterios de nuestra fe, y no son los ojos de la razón sino los del corazón, los que nos permiten entenderlo, creerlo y contemplarlo.

El prólogo del evangelio de Juan nos sumerge en las entrañas de este misterio de nuestra fe que es la encarnación del Hijo de Dios. Comienza confesando la procedencia divina del Señor, a quién se refiere llamándolo "Palabra" y sitúa junto al Padre desde el principio, como partícipe incluso de la propia creación del mundo. Juan no empieza su evangelio, por tanto, con el nacimiento del Señor, sino que se remite a su existencia previa junto a Dios. De este modo nos sitúa ante un acontecimiento que supera en mucho al del mero nacimiento de un niño. Este no es un niño cualquiera. Tampoco es otro enviado de Dios, ni es un profeta más. Es Dios mismo el que se ha encarnado; es Dios mismo el que se hace y nace como nosotros.

Juan no nos está hablando de una idea, un plan o un proyecto que está en la mente de Dios. Esta "Palabra" es Alguien de su misma naturaleza pero con identidad propia. "En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres". Esta vida es la que se revistió de nuestra condición humana. Esta vida es la que recorrió caminos y atravesó pueblos iluminando con sus palabras a cuantos le oyeron y le quisieron aceptar. "La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre." Pero el Señor no vino para imponer su Reino sino para anunciar su llegada y ofrecerlo. Deja a cada uno la libertad para aceptarlo o rechazarlo. Y efectivamente, no faltaron quienes le rechazaron: "La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron." "Vino a su casa, y los suyos no la recibieron".

No resulta fácil creer que todo cuanto dice el prólogo del evangelio de Juan se refiera a quien, posiblemente en aquel momento, fuera la criatura más frágil y vulnerable de la tierra. Tampoco va a ser nada fácil después, creer que el hombre desnudo, rechazado por su pueblo, del que todo el mundo se burla, que está llorando clavado a una cruz, desangrándose mientras reza sus últimas oraciones antes de morir, sea el Hijo de Dios. Es una locura. Es absurdo. No tiene sentido. No tiene ninguna lógica. Entiendo a quienes no se lo creen; a quienes piensan que estamos locos; a quienes dudan de nuestra inteligencia; incluso a quienes nos persiguen como si fuéramos una plaga. Pero como decía antes, no son los ojos de la razón sino los del corazón, los que nos permiten entender, creer y contemplar estos misterios de nuestra fe. Tal vez no sepamos muy bien cómo explicarlos, ni encontremos argumentos para convencer a los que dudan o no creen, pero tampoco podemos negar lo que nuestro corazón siente, ni dejar de ver los que nuestra fe nos muestra.

"La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria." No la gloria de la que presumimos las personas: la fama, el poder, el dinero, etc. Esa gloria es efímera, y el Señor siempre la rechazó cuando pretendieron dársela. La gloria que hemos contemplado es la del poder de su amor, y nos la ha manifestado de muchas maneras y en muchas ocasiones. Entre las más importantes, destaca precisamente la que conmemoramos hoy: su encarnación. Siendo todopoderoso, Dios podría haber impuesto su voluntad con un simple chasquido de sus dedos, sin moverse de su trono en el cielo. ¿Por qué se tomó tantas molestias y bajó hasta aquí? ¿Por qué se hizo como uno de nosotros? ¿Por qué quiso venir en persona y no mandó a otro, o alguno de sus ángeles? ¿Por qué aguantó el rechazo, la burla, la persecución, la traición y la muerte? Una entrega así, solo se entiende desde el amor.

Hoy contemplamos a un recién nacido que nos muestra lo importante que somos para Dios; que nos muestra lo que Dios es capaz de hacer por nosotros. Hoy damos gracias a Dios por venir a salvarnos y a liberarnos de todo lo que nos hace infelices; de todo lo que nos aparta de Él. Hoy le pedimos a Dios que seamos capaces de corresponderle amándole sobre todas las cosas, como Él nos ha amado, y que seamos capaces de anunciar su buena noticia con nuestra propia vida.

En esta celebración no podemos olvidarnos de María. Ella fue la primera cómplice de este plan del Padre, y le damos gracias por su "SI" a Dios, que también fue un "SI" a nosotros. A ella, que tuvo en su seno el Amor de Dios, le rogamos que siga intercediendo por nosotros para que seamos fieles discípulos suyos.





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