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SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

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SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA

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En este primer día del año celebramos la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Cada vez que rezamos un Ave María, nos dirigimos a ella llamándola de ese modo: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros…" Lo hemos rezado tantas veces y con la cabeza puesta en tantas cosas, que hemos perdido la conciencia de lo que significan esas palabras. ¿Cómo es posible que una joven de Nazaret sea la Madre de Dios? ¿Cómo puede de una criatura nacer su Creador? Pues "…porque para Dios nada hay imposible", le dirá el ángel a María en la Anunciación.

Seguimos contemplando el misterio de la encarnación del Señor. Seguimos celebrando su nacimiento, porque un solo día no basta para celebrar un acontecimiento de esta importancia. Al hablar de celebración no pienso en el ruido y el jaleo típico de estos días. Ese tipo de celebración no llega a quienes están tristes y apesadumbrados por tantos tipos de problemas. Al hablar de celebración, hablo de la alegría y del gozo que experimenta el corazón cuando recibe la noticia de que el niño que ha nacido es el Hijo de Dios, y que viene para salvarnos. Este tipo de celebración si llega a todo el mundo, y muy especialmente a los más necesitados.

Esta buena noticia es para todos. Dios no nace solo para los suyos; para los que creen en El. Dios nace para todos, aunque no todos quieran acogerle ni creer en El. Esta noticia se anuncia a todo el mundo, pero no todo el mundo la oye. Hay quienes están tan llenos de sí, de sus cosas, de su mundo, de sus ideas, de sus ambiciones y deseos, que no les interesa oír nada que se salga de ese ámbito. ¿Quiénes oyen esta buena noticia? La oyen unos pastores que se encuentran de noche y a la intemperie, velando por turno su rebaño; la oyen los sencillos, los que reconocen su fragilidad, los que viven en la oscuridad, los que ayudan y se dejan ayudar por los demás, quienes no viven encerrados en sí mismo.

¿Qué les ocurre a quienes oyen esta buena noticia? Que todo cambia en sus vidas. Que una paz indescriptible inunda de tal forma todo su ser, que todo se relativiza; todo se ilumina; todo se acepta; y nada asusta; nada preocupa; nada molesta. Los pastores dejan solas a sus ovejas sin preocuparse de lo que pudiera pasarles; los pastores corren de noche sin miedo a caerse, a ser asaltados por bandidos o ser atacados por algún animal. Los pastores solo piensan en encontrar a ese niño del que les ha hablado el ángel. Pero no es solo un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. En el cielo, toda una legión del ejército celestial alaba a Dios y da vítores como si celebraran la entrada triunfante de un rey que llega para instaurar su reino. Así es, precisamente, como Lucas quiere que veamos este acontecimiento, al adornar de ese modo este pasaje de su evangelio.

Cuando llegan los pastores, le cuentan a María y a José lo que les habían dicho de aquel niño. Son los primeros en anunciar su procedencia divina; son los primeros en adorarle; son los primeros que dan gloria y alabanza a Dios por su Hijo; son los primeros en dar testimonio de Él. Cuantos les oyen se admiran de lo que dicen. Frente al jolgorio y la alegría de los pastores, tenemos el silencio y la serenidad de María y de José. No les corresponde a ellos revelar la identidad de ese niño, ni anunciarle; les corresponde cuidarlo y procurarle todo lo necesario para convertirse en una persona adulta. Ya decidirá Dios cuando y a quien revelarse para que le anuncie, como hizo con los pastores. Ya decidirá ese niño, cuando crezca, el momento oportuno para manifestarse al mundo.

María no dice nada. Sabe que es la Madre del Hijo de Dios, ¿pero a quien se lo podría decir? ¿Quién la creería? Seguramente se limitaría a sonreír y a dar las gracias a cuantos la felicitaban por el nacimiento de su Hijo. Como cualquier otra madre le haría carantoñas; le hablaría dulcemente; dejaría que se agarrara fuertemente a su dedo con su manita; se le iluminaría la cara al verle sonreír y se quedaría ensimismada viéndole dormir. Se preguntaría que haría cuando fuera adulto, y daría continuamente gracias a Dios por hacerla partícipe de este misterio.

María conservaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón. No trataba de entender con la razón todo lo que le estaba pasando. Tenía puesta su confianza en Dios, y aceptaba su voluntad sin dudarlo. También nosotros meditamos en nuestro corazón estos misterios, y aunque no seamos capaces de explicar muchas cosas, porque se escapan de nuestra lógica humana, el Señor nos ha concedido el don de creer en ellas, y de poder celebrarlas.





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