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INMACULADA CONCEPCION DE MARIA

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INMACULADA CONCEPCION DE MARIA

Catecismo

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La lectura del libro del Génesis retrata nuestra naturaleza humana. Desde el inicio nos hemos caracterizado por desobedecer a Dios. Parece que nos molesta que nos digan lo que tenemos que hacer. Parece que tenemos atracción por lo prohibido. Si vemos un letrero diciendo: "Prohibido tocar el botón", encima de un botón rojo misterioso, tenemos que aguantarnos las manos porque se nos van para el botón. Así que, de todo un jardín lleno de toda clase de árboles con frutas donde poder escoger, ¿a cuál nos vamos a ir a comer? Pues al que tenga el letrero de "prohibido comer". Esa es nuestra naturaleza.

Ante Dios nos sentimos desnudos, porque a Él no podemos ocultarle nada. Nos ve como realmente somos. Nos conoce mejor que nosotros mismos, y eso nos da miedo, porque con Él no nos sirven las máscaras que nos ponemos para protegernos, cuando nos relacionamos unos con otros. Cuando metemos la pata, no asumimos la responsabilidad de nuestros actos. Tratamos de buscar cualquier excusa para evitar reconocer nuestros errores, y no dudamos en echarle incluso la culpa a los demás; somos insolidarios: Adán le echa la culpa a Eva; Eva le echa la culpa a la serpiente. En fin. Parece que estamos condenados a vivir en desarmonía con Dios, y en continuo enfrentamiento entre nosotros, porque esas actitudes vienen pasando de padres a hijos durante toda la historia de la humanidad, como si fuera parte de nuestra herencia genética.

Sin embargo, Dios no quiso dejarnos abandonados a merced de nuestras esclavitudes. Nos creó para ser felices, y esto es algo tan importante para Él, que decidió intervenir personalmente; y lo hizo recorriendo el camino inverso al que llevó al ser humano a su perdición. El hombre se perdió por querer hacerse Dios, y Dios, para salvarlo, quiso hacerse hombre. ¿Cómo se hace esto? Pues, para ser verdaderamente hombre, el Hijo de Dios tenía que nacer de una mujer; y por ser verdaderamente Dios, no podía ser engendrado por otro que por Dios mismo. ¿Cuál es el problema? El problema es que hay que buscar a una mujer que no tenga esa inclinación típica de nuestra naturaleza humana de desobedecer a Dios, de fastidiar al prójimo, y de hacer el mal en general. Tiene que ser una mujer libre de esa especie de herencia genética, porque obviamente, no puede transmitirla a quien viene para salvar al mundo. Esa mujer tan especial es María, y así lo pregonó a todo el mundo oficialmente el Papa Pío IX, cuando el día 8 de diciembre de 1854, proclamó el dogma de su Inmaculada Concepción, conforme al cual, la Virgen María fue concebida sin pecado original, porque Dios quiso preservar de todo pecado a quien había elegido para ser la madre de su Hijo.

Hemos repetido en el salmo: "Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas". Ciertamente, este día de la Inmaculada Concepción, es un día para cantar, alabar y dar gracias a Dios por las maravillas que hizo en María y a través de ella. Es un día para reconocer el importantísimo papel que la Virgen María desempeñó por nuestra salvación, y para seguir rogándole que interceda por nosotros; para que seamos fieles discípulos de su Hijo.

En estos días tendremos la oportunidad de ver belenes por todas partes. En muchos de ellos veremos a María contemplando en silencio a su Hijo. Es una escena muy entrañable, pero la hemos visto tantas veces que corremos el riesgo de que ya no nos diga nada; de que se convierta para nosotros en un simple adorno. Corremos el riesgo de olvidarnos de que esa mujer hizo posible que Dios pudiera llevar a cabo su plan de salvación.

Pensemos detenidamente. María es una muchacha sencilla que ya tiene el compromiso de contraer matrimonio y formar una familia con un hombre, siguiendo con la tradición y la cultura de su pueblo. María no tendría más aspiraciones que las de cualquier otra mujer de su condición y su época. De buenas a primeras, Dios le sale al encuentro, le trastoca todos sus planes, y le propone algo totalmente descabellado y absurdo: Ser la Madre de su Hijo. Y, sin embargo, María le dice que sí. No se para a pensar en las consecuencias que eso puede traerle. No se para a pensar en que lo más seguro es que José la repudie; que su familia se avergüence de ella y la rechace; y lo que es peor, en que los fanáticos de su pueblo podrían arrastrarla a las afueras de su pueblo para apedrearla por adúltera y blasfema. Porque ¿cómo va a explicar su embarazo? ¿Quién se va a creer que el Hijo que espera es obra de Dios? Con ese sí, María puso su vida realmente en peligro. No era un sí fácil, ni por lo que suponía ni por sus consecuencias.

María es una mujer impresionante; fuera de lo común. Y en celebraciones como la que conmemoramos hoy, de su Inmaculada Concepción, tenemos la oportunidad de contemplar su vida para volver a darnos cuenta del inmenso valor que tiene; para aprender de su ejemplo; para dar gracias a Dios por habernos dado a ella, y a ella, por habernos dado a Dios.





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