BUSCAD MI ROSTRO

EPIFANÍA DEL SEÑOR

Catecismo

Acerca de las cookies









Pensemos en la siguiente escena: unos padres, después de nueve meses de espera, tienen finalmente a su muy deseado hijo. El padre, loco de contento, da inmediatamente la noticia a toda su familia, vecinos y amigos. Todos se alegran, van enseguida a conocer al recién nacido, felicitan a sus padres y algunos incluso les hacen algún regalo para el niño (ropita, chupetes, sonajeros, peluches, etc.). Esta escena nos resulta familiar, porque seguramente nos ha tocado vivirla de cerca en alguna ocasión. Esta escena se produce todos los días y en todos los rincones del mundo, más o menos igual; cada pueblo según sus propias tradiciones; y se viene repitiendo así desde hace mucho siglos.

Esta es básicamente la escena que estamos contemplando en estos días. Cuando nace el Señor, Dios Padre, a través de uno de sus ángeles, lo anuncia a su pueblo, representado en aquellos pastores, y éstos acuden corriendo para verlo. Pero lo que el ángel les dice es: “Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor.” Se trata del Salvador del pueblo judío; se trata del Mesías prometido al pueblo de Israel. ¿Qué pasa entonces con nosotros? ¿Qué pasa con todos los que no somos judíos? Pues que también, Dios Padre, a través, en esta ocasión, de una estrella, nos anuncia su nacimiento. Esos magos de oriente nos representan a nosotros. Eso es lo que celebramos en esta solemnidad de la Epifanía: que el Señor no nace solo para un pueblo, sino para todos los pueblos de la tierra. La salvación se ofrece a todos, y no solo a unos pocos.

Cuando esos magos de oriente se presentan en Jerusalén preguntando por el rey de los judíos que ha nacido, todo el mundo se sobresalta, empezando por el propio rey Herodes. Éste convoca enseguida a los sumos sacerdotes y a los letrados para preguntar dónde tenía que nacer el Mesías, y éstos le responden, sin dudarlo, que en Belén; lo sabían perfectamente. Sin embargo, ninguno de ellos le esperaba; ninguno de ellos vio salir la estrella; ninguno de ellos salió corriendo a buscarlo para postrarse ante Él. Esta reacción de los poderosos, los sabios y los entendidos, contrasta mucho con la reacción de alegría que tuvieron los pastores; los sencillos, los humildes y los pobres. También contrasta bastante con la actitud de esos extranjeros, que fueron capaces de ver la estrella desde más lejos, se pusieron en camino enseguida, y recorrieron muchos kilómetros para encontrarle y adorarle.

Esto es algo con lo que el Señor se encontrará muchas veces durante su vida pública. Son los sencillos, los pobres, los pecadores, quienes mejor acogerán su mensaje; los sabios y entendidos, en cambio, lo rechazarán y buscarán el modo de desacreditarle, ridiculizarle y quitárselo de en medio. El Señor llegó incluso a decirles, que los publicanos y las prostitutas iban por delante de ellos en el reino de Dios. También tendrá el Señor la dolorosa experiencia de ser rechazado por su pueblo, y sin embargo, ser reconocido por los paganos y los extranjeros. Cuando estaba en la agonía de la cruz, muchos se burlaban de Él; fue un centurión romano el que exclamó: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Herodes llamó en secreto a los magos. Pretende averiguar, a través de ellos, todo lo que se pueda respecto a ese niño. Se siente amenazado. Tiene miedo a perder su corona. Su modo de actuar no presagia nada bueno. Le indica a los magos que deben dirigirse a Belén, pero será la estrella la que les guiará hasta donde estaba el niño. Al verlo, se llenaron de alegría, se arrodillaron ante Él, le ofrecieron sus regalos, y se volvieron a su tierra por otro camino, para no encontrarse con Herodes.

Esta solemnidad de la Epifanía nos muestra el deseo de Dios de darse a todos los que quieran aceptarle. Es verdad que tiene predilección por su pueblo escogido, pero a ese pueblo ya no se pertenece por nacer en una determinada tierra, o por proceder de una determinada familia. Pertenecen a ese pueblo quienes creen en su Hijo y le siguen, sin importar raza, lengua, nación ni cualquier otra circunstancia. Ese es el motivo por el que hoy damos gracias a Dios, y le pedimos que nuestro corazón no se endurezca nunca y sea siempre sencillo y humilde; que no excluyamos a nadie de una salvación que Dios ha querido que fuera para todos; que así como la estrella guio a los magos hasta el Señor, seamos también nosotros, con nuestras vidas, capaces de guiar a otros hasta Él. En esta solemnidad de la Epifanía, que cada uno le ofrezca al Señor lo mejor de sí mismo, y que siguiendo sus enseñanzas y su ejemplo, seamos capaces de extender esa entrega también a los demás.





ACERCA DE LAS COOKIES

Este sitio no almacena información personal sobre los usuarios que nos visitan y contiene las cookies habituales de la mayoría de las web.

ACERCA DE LAS COOKIES

Este sitio no almacena información personal sobre los usuarios que nos visitan y contiene las cookies habituales de la mayoría de las web.