BUSCAD MI ROSTRO


JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

REFLEXIÓN

Hoy celebramos el último domingo del tiempo ordinario, y con él concluye también el ciclo litúrgico en el que estábamos. En este último domingo celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Esta celebración es como una recapitulación de todos los domingos del año, en la que proclamamos nuestra fe en que el Señor es el Soberano de todo; está por encima de todo. Cada vez que rezamos el Padre Nuestro, le pedimos que venga a nosotros su reino; le pedimos que sea nuestro Rey, para que su justicia y su paz llegue a todos los rincones de la tierra; para que su amor inunde y transforme todos los corazones, y la humanidad entera viva dichosa en su presencia.

El pasaje del evangelio que hemos contemplado, nos remite a un momento de la vida del Señor, en el que se nos muestra en qué consiste su realeza. En una sala de un palacio hay dos hombres. Uno de esos hombres representa a un imperio que domina todo el Mediterráneo, con el ejército mejor adiestrado y poderoso del momento; el otro no tiene ni tierra ni ejército, y los seguidores que tenía, le han abandonado y le han dejado solo. Uno ha dormido en una lujosa cama, después de una estupenda cena, en una habitación protegida por soldados capaces de matar y morir por defender su vida. El otro también ha tenido soldados en su puerta, pero no para proteger su vida, sino para evitar que se les escape; ha pasado la noche en una fría celda, probablemente sin poder dormir; tal vez, sin poder comer. Uno de esos hombres juzga; el otro es juzgado. Uno de esos hombres se sienta en un trono y el otro es clavado en una cruz.

¿Cuál de estos dos hombres era el más poderoso? De uno de esos hombres sabemos dónde nació, dónde vivió, qué hacía, qué decía, cómo se llamaban sus amigos, dónde murió y muchas cosas más. Del otro hombre no sabemos apenas nada. Por uno de esos hombres han muerto millones de personas a lo largo de dos mil años, y actualmente, más de mil millones de personas tratan de vivir conforme a sus enseñanzas. El otro hombre no tiene ningún seguidor, y solo pasó a la historia porque estuvo en aquel palacio con el otro hombre. La mentira, el odio, la envidia, el miedo, los celos, la injusticia y la violencia, fueron más fuertes pero perdieron. Venció la verdad, el perdón, la paz, la justicia, la misericordia y el amor. ¿Por qué? Porque la voz de aquel a quien intentaron silenciar sigue resonando hoy como hace veinte siglos; las enseñanzas que quisieron censurar siguen predicándose; los seguidores con los que pretendieron acabar siguen multiplicándose y extendiéndose por todo el mundo; en resumen, porque el condenado a muerte está vivo, y quienes le condenaron, muertos.

Confesamos que el Señor es Rey del Universo, pero sin olvidar que él nos enseñó que su reino no es como los de este mundo. No es un reino que se expanda conquistando por la fuerza, sino por amor; no es un reino que se imponga con violencia, sino del que se forma parte voluntariamente; no es un reino al que se pertenezca por nacimiento, sino por opción. No podemos olvidar que el Señor es rey de todos, pero no todos le quieren por rey. El Señor acepta la decisión que libremente tome cada uno, pero después cada uno debe asumir las consecuencias de sus decisiones. Aquellos que hemos optado por formar parte de su reino, porque le queremos como rey, seguiremos tratando de vivir en coherencia con esa opción, para dar testimonio de nuestra fe con obras y palabras.

Todos los días podemos leer en la prensa, escuchar en la radio o ver en la televisión, que las injusticias, la mentira, el odio, los celos, el miedo, la avaricia, etc., siguen sembrando violencia, guerra, muerte y pobreza en nuestro mundo. Seguimos viendo repetida la escena que hemos contemplado en el evangelio de hoy. Los poderosos frente a los débiles, haciendo alarde de su prepotencia, menospreciando a la justicia y a la verdad, para no perder su posición, y presumiendo de sus victorias. Ante esta realidad, no perdamos la calma; no nos desalentemos. Ya sabemos que aunque sean más fuertes y se impongan, al final volverán a vencer la verdad, la justicia y la paz.

Si queremos sembrar el reino de Dios, debemos vivir conforme a los valores de ese reino. Querer al Señor por Rey, es aceptar que él sea quien gobierne en nuestras vidas. Así pues, que no seamos nosotros los injustos, los mentirosos, los que odian o tienen celos, los que sienten envidia o critican. Que pidamos continuamente al Señor, que nos haga capaces de seguir su ejemplo, y nunca nos cansemos de pedir que venga a nosotros su reino.





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