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XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

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XXXII DOMINGO ORDINARIO

Catecismo

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El evangelio de hoy nos muestra dos enseñanzas del Señor. La primera hace referencia a los escribas. El Señor critica la actitud de superioridad con que se relacionan con los demás; el apego que tienen a los reconocimientos, al poder, a los privilegios; el modo en que se aprovechan de los más débiles y la hipocresía con la que oran. El Señor le dice a la gente, que tengan cuidado con ellos; que no se dejen engañar; que bajo esa apariencia de rectitud, honestidad, honorabilidad, piedad y temor a Dios, no había más que puro teatro, falsedad, mentira. No eran para nada un modelo a imitar, como ellos pensaban y pretendían ser.

También nosotros debemos sentirnos advertidos por el Señor, pero respecto de los "escribas" de nuestro tiempo. Porque esas actitudes de buscar el aplauso de los demás, de disfrutar con las reverencias, de buscar los primeros puestos, de ansiar privilegios, de fingir una relación con Dios inexistente, de aparentar lo que no se es, siguen existiendo también hoy. Sabemos muy bien que esto es así; seguro que no tenemos ningún problema para identificar estas actitudes en las personas que nos rodean. El problema es que nosotros estemos cayendo en esas mismas actitudes y no nos demos cuenta, porque entonces no podremos corregirlas. El verdadero problema, es que no nos demos cuenta del escriba que todos tenemos dentro. El de los demás nos resulta muy fácil verlo; pero el nuestro, nos cuesta más reconocerlo. Por tanto, ese "cuidado con los escribas", también va por nosotros. Cuidado con no cometer los mismos errores que ellos. Errores que nos apartan de Dios, que nos hacen ser injustos con los demás, que nos impiden vernos como realmente somos.

La segunda historia es la de la viuda que hace su ofrenda en el templo. El Señor observa a la gente que se acerca para echar su dinero en el arca de las ofrendas, y seguramente no sería el único allí observando. Por eso, no faltarían quienes harían ostentación de su riqueza, haciendo caer ruidosamente sus monedas, para que todo el mundo viera lo desprendidos que son, y lo mucho que ofrecen a Dios. Seguramente recibirían alabanzas, reverencias y palmaditas en la espalda, por sus donativos tan generosos.

Pero el Señor en quien se fija es en una pobre viuda que solo echa dos monedas. Llama a sus discípulos, y les dice que ella es la que ha hecho la ofrenda más grande de todas. Sus dos monedas son más valiosas que todas las monedas que han echado los demás, porque ella se ha desprendido de algo que necesitaba, mientras que los demás se han desprendido de algo que les sobraba. No es una cuestión matemática, es una cuestión de amor. La viuda dando lo que necesita para vivir, está demostrando que ama a Dios sobre todas las cosas, como escuchábamos en el evangelio de la semana pasada. Los demás, dando de lo que les sobra, no demuestran nada.

Pongámonos, por un momento, en el lugar de esta viuda del evangelio: ¿cómo nos sentiríamos echando solo dos monedas, al lado de personas que están echando muchas más que nosotros? ¿Tristes? ¿Avergonzados? ¿Ridículos? Pues así es como deberían sentirse los que echaron mucho más que ella, porque su ofrenda, para Dios, fue mucho más valiosa que la de todos ellos juntos. A Dios no se le glorifica con nuestro dinero, sino con nuestro amor.

Observemos ahora a los ricos que echaban mucho dinero en el arca de las ofrendas. No estaban haciendo nada malo. Con ese dinero se sostenían los gastos del Templo, y no tenemos por qué suponer que su generosidad no fuera sincera; habría quienes lo hicieran de corazón, otros por obligación, otros por costumbre, por inercia, por tradición, y otros para presumir. No lo sabemos. Las motivaciones que les llevaban a hacer esas donaciones podían ser muy diversas. La ofrenda de la viuda, en cambio, solo puede entenderse desde el amor, porque en una situación de penuria o escasez, lo que todos buscamos es conseguir lo que necesitamos para sobrevivir, no desprendernos de lo poco que tenemos; eso es algo que solo hacemos por quienes son, para nosotros, más valiosos que nosotros mismos. Esos ricos habrían agradado más a Dios, si además de hacer su ofrenda en el Templo, hubieran tenido compasión de esa pobre viuda, y hubiesen compartido también con ella, algo de lo que les sobraba a ellos.

Hemos contemplado las dos enseñanzas del evangelio de hoy por separado: la de los escribas y la de la viuda. Pero el evangelista San Marcos las puso juntas por una razón. Para que nos diéramos cuenta de lo lejos que están de Dios los que se creen cerca, y lo cerca que están de Dios los que parecen lejos; para que contempláramos la miseria de los grandes, y la grandeza de los pequeños; para que aprendamos lo poco que puede valer lo mucho, y lo mucho que puede llegar a valer lo poco.





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