BUSCAD MI ROSTRO


31º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

REFLEXIÓN

En tiempos del Señor, había tantos preceptos o mandamientos, que la gente difícilmente podía conocerlos todos. Un judío español del siglo XII, Maimónides, estudió en profundidad las escrituras y llegó a contar 613 preceptos distintos, incluidos los diez mandamientos. Muchos de ellos, además, eran difíciles de entender e interpretar, por lo que había que recurrir con frecuencia a expertos en la ley, que aclararan el significado y explicaran como cumplirlos. Estos expertos eran conocidos como los escribas. Los escribas eran bastante escrupulosos en lo que a la interpretación de la ley de Dios se refiere, pero no parece que fueran tan escrupulosos a la hora de cumplirla. El Señor les reprochaba que interpretaran la ley literalmente cuando la exponían o enseñaban al pueblo, pero que luego ellos no la cumplieran, sino que buscaran artimañas legales para saltársela.

Sabiendo esto, lo primero que llama la atención del evangelio de esta semana, es que uno de estos expertos en la ley, un escriba, se acerque al Señor para preguntarle qué ley es la más importante; "¿Qué mandamiento es el primero de todos?" Se supone que, como estudioso de la ley, él debería saberlo muy bien. Pero ¿por qué se lo pregunta al Señor? ¿Por qué no acude a algún escriba más sabio que le aclare esta duda? La respuesta la encontramos leyendo los versículos anteriores a los que estamos contemplando hoy.

Vinieron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, para intentar desautorizar al Señor, pero los que quedaron desautorizados fueron ellos. Después vinieron los fariseos y los herodianos para intentar cazarlo con lo de pagar o no pagar el impuesto al Cesar, pero los cazados fueron ellos. Finalmente, vinieron también los saduceos para plantearle al Señor una pregunta con la que pretendían ridiculizar a los que creían en la resurrección, pero los que quedaron en ridículo fueron ellos. Nadie supera en sabiduría al Señor; nadie enseña con la autoridad con la que él lo hace. Este escriba del evangelio que acabamos de oír, se da cuenta de esto, y aprovecha la ocasión para hacerle una pregunta a la que él parece que no es capaz de darle una respuesta. De entre todos los mandamientos que existen, ¿cuál es el más importante?

El Señor le responde citando el texto del libro del Deuteronomio que hemos tenido ocasión de oír en la primera lectura: "Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser." Y en segundo lugar añade el mandamiento: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No tenemos que cumplir 613 mandamientos, ni tampoco diez mandamientos; tenemos que cumplir solo uno: Amar. Quien ama, cumple todos los mandamientos.

Llegados a este punto, nos encontramos con un problema: que el amor no se puede imponer por ley, ni por un mandamiento, ni por la fuerza. Nadie puede obligar a otra persona a que le quiera. Puedes obligar a otra persona a que haga algo o te dé algo amenazándola con un arma, pero por mucho miedo que te tenga o mucho que quiera obedecerte, no puede obligar a su corazón a sentir por ti lo que no siente.

Así pues, nos encontramos con que el mandamiento que encierra a todos los demás; el mandamiento más importante; es un mandamiento que no se puede imponer. Esto significa que Dios no quiere que nos relacionemos con él a la fuerza. Dios quiere establecer con nosotros una relación basada en el amor, y para eso tenía que crearnos libres; libres para aceptarle o rechazarle, para obedecerle o desobedecerle, para creer en él o incluso para negar su existencia. Para él habría sido muy fácil habernos hecho con un corazón que estuviera "programado" para quererle. Pero eso no sería realmente amor. El amor que nos llena, que nos hace felices, que nos da motivos para vivir y afrontar las dificultades, es aquel que libremente sienten por nosotros los demás. A nadie le llena ni le hace feliz que le quieran por necesidad, por obligación o por interés. Eso no es amor.

El mandamiento del amor a Dios, no puede ser una imposición; solo puede ser una invitación. Quien acepte esta invitación y quiera establecer con Dios una relación fundamentada en el amor, sabrá lo que es de verdad una vida en plenitud. Nadie que experimente el amor de Dios, puede guardárselo para él solo; ni se lo puede callar; tiene que anunciarlo y compartirlo. El amor de Dios nos empuja a amar al prójimo; nos hace incapaces de permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los demás; nos mueve a darnos; nos mueve a servir. Finalmente, nadie que haya experimentado el amor de Dios, puede odiarse o despreciarse a sí mismo. Cuando sientes el amor con el que él te mira, dejas de mirarte del mismo modo; cuando sientes su perdón, no puedes no perdonarte; cuando sientes como te acepta; no puedes no aceptarte tal y como eres. Nuestro amor a Dios no consiste en otra cosa que en corresponder al amor con el que él nos ha amado primero.

El Señor nos invita a amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser, porque es así precisamente como él nos ama a nosotros: con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente, con todo su ser. El Señor nos invita a amar a Dios como él nos ama, y al prójimo como a nosotros mismos.





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