BUSCAD MI ROSTRO

BAUTISMO DEL SEÑOR

Catecismo

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El Evangelio de hoy nos traslada a orillas del rio Jordán. Mucha gente se congrega en torno a un hombre. Hay quienes acuden movidos por la curiosidad; quieren saber cómo es y qué dice ese del que tantos hablan. Otros están allí para espiarlo; para informar a las autoridades acerca de sus enseñanzas y sus obras. Pero la mayoría están allí porque viven en la oscuridad y necesitan su luz; porque tienen hambre y necesitan alimentarse; porque se sienten vacíos y necesitan llenarse; porque están perdidos y necesitan orientación; porque se saben pecadores y necesitan perdón.

Los que buscan a Juan son, por tanto, personas que tienen sed de Dios; personas que se saben pecadoras, necesitadas de conversión, y quieren cambiar; personas que quieren encontrarle un sentido a sus vidas; personas que quieren vivir más plenamente. Juan les exhorta con sus palabras, zarandeándoles para que se despierten y tomen conciencia de lo que están haciendo con sus vidas. Juan les anima a convertirse. Juan les invita a bautizarse. El agua del rio de la que emergen los bautizados, tras haberse sumergido en ella, nos recuerda al agua del vientre materno del que un día nacimos. Bautizarse, por tanto, es como volver a nacer; es empezar desde el principio como mujeres y hombres nuevos.

Juan siempre fue consciente de quién era y cuál era su misión; no se le subió a la cabeza que tanta gente viniera para escucharle, para pedirle consejo, para que le bautizara; no se le subió a la cabeza su fama. En todo momento anunciaba la venida de alguien más poderoso que él. Este “Alguien”, sin embargo, se presentó un día allí; se mezcló con toda aquella gente; y se acercó a Juan para que le bautizara. Aquel de quien Juan no se consideraba ni tan siquiera digno de desatarle las sandalias, estaba ahora delante suya, como si fuera un pecador más, sometiéndose a un ritual que no le hacía ninguna falta.

Este gesto del Señor es escandaloso. El Hijo de Dios con quien debería estar es con quienes llevan una vida agradable a Dios; con quienes desprecian a los que no cumplen la ley como ellos; con quienes evitan incluso rozarse con pecadores y paganos para no caer en impureza; con quienes apedrean a todos esos blasfemos y adúlteras que se atreven a ofender tan gravemente a Dios. Este gesto del Señor nos muestra una imagen de Dios muy diferente a la que ellos tenían. Nos muestra el rostro de un Dios misericordioso, que se solidariza con quienes se arrepienten de sus pecados y desean cambiar su vida. Nos muestra el rostro de un Dios que sale en busca de quienes se han alejado, para decirles que son muy importantes para Él y que quiere que vuelvan.

Este rostro de Dios misericordioso que el Señor no muestra, resultaba muy incómodo para algunas mentalidades de su época, y por desgracia, sigue resultando muy incómodo también para algunas mentalidades de la nuestra. Algunas personas son alérgicas al amor de Dios. Creer en un Dios que perdone mis pecados es bonito y muy fácil de hacer, pero creer en un Dios que también perdona sus pecados a quienes me han hecho daño o me caen mal, resulta inadmisible. Nos gusta más la idea de un Dios hecho a nuestra imagen y semejanza; que quiera solo a quienes le quieran y se porten bien, y desprecie a quienes no se porten bien, y se alejen de Él. Pero somos nosotros los que hemos sido creados a su imagen y semejanza; y no nos corresponde decirle a quien debe o no debe perdonar o querer.

¿Por qué motivo iba Dios a tomarse tantas molestias por nosotros? ¿Por qué motivo iba Dios a encarnarse, a someterse a nuestras limitaciones, a vivir como nosotros, a sujetarse a nuestras costumbres, tradiciones y leyes? ¿Para condenarnos, para castigarnos, para decirnos que cuando llegue el momento se va a vengar de todos los que no le hayamos hecho caso? Pues yo creo que no. Ya había mucha gente que se encargaba de eso en aquella época, y sigue habiendo mucha gente que lo continúa haciendo hoy. Gente que en vez de anunciar la Buena Noticia del Evangelio, se dedica a anunciar las penas del infierno. Que cada uno haga lo que le parezca mejor. Pero el Señor dijo muy claro que no había venido para condenar sino para salvar; que no necesitan médico los sanos sino los enfermos.

En esta fiesta del Bautismo del Señor, le damos gracias a Dios, por revelarnos lo mucho que significamos para Él; lo mucho que le importamos. Le damos las gracias por venir a buscarnos para enseñarnos el camino y animarnos a seguirlo. Y le pedimos que nos ayude a corresponderle, para que su amor no haya sido derramado sobre nosotros en vano, y dé abundantes frutos.





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