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4º DOMINGO DE ADVIENTO

REFLEXIÓN

Este cuarto Domingo de adviento, vuelve a situarnos ante el pasaje del evangelio de Lucas, en el que se relata el anuncio del ángel Gabriel a la Virgen María, sobre el que ya tuvimos la oportunidad de meditar el día de la Inmaculada Concepción. Esta escena nos invita a contemplar uno de los misterios centrales de nuestra fe: la encarnación del Hijo de Dios. Este acontecimiento que desemboca en el nacimiento del Señor, es para el que nos hemos venido preparando durante todo este tiempo de adviento, y que estamos ya a punto de celebrar.

Este misterio de la encarnación del Señor tiene muchos enemigos y ha sido objeto de muchas controversias a lo largo de la historia. También ha sido objeto de muchas burlas e irreverencias hacia la Virgen María y la Iglesia, y se ha esgrimido como argumento para insultarnos a los creyentes. Al parecer, carecemos de inteligencia por creer estas cosas, y estamos locos. Esta opinión no tiene que extrañarnos. Tenemos que reconocer que no es fácil creer en algo así. Por eso afirmamos que la fe es un don; es un regalo. Nos permite entender y creer en cosas que van más allá de la lógica y de la inteligencia humana.

El testimonio de los apóstoles, que convivieron con el Señor y recibieron sus enseñanzas, es muy claro. Jesús era un hombre de verdad: comía, bebía, dormía, reía, lloraba, y respiraba como cualquiera de nosotros; y en la cruz sufrió y su cuerpo se desangró y se quedó sin vida, igual que el de los demás ajusticiados. Ahí debería haberse acabado toda la historia. Pero sus discípulos, en vez de dispersarse y huir, salieron abiertamente a la calle y se repartieron por todo el mundo pregonando que Jesús estaba vivo; que había resucitado; que se habían encontrado con Él. Después de esa experiencia, no pueden decir otra cosa: Jesús es el Hijo de Dios. Ese es el testimonio de los apóstoles que se ha ido transmitiendo durante tantos siglos hasta nuestros días: Jesús es el Hijo de Dios, pero se hizo uno igual que nosotros. Es Dios hecho hombre.

Este mensaje es absurdo para los inteligentes del mundo, así que solo los tontos tenemos la suerte de creer en este misterio de la encarnación del Hijo de Dios. En cuanto verdadero hombre, nació como cualquiera de nosotros de una mujer: María. En cuanto verdadero Dios, solo pudo ser engendrado por el Padre. El cuándo, el cómo, de qué manera, etc., es algo que no sabemos. No me imagino a la Virgen María tratando de explicar a los primeros discípulos como pasó. ¿Quién la habría creído? Por eso, este pasaje del evangelio de Lucas tiene tanto mérito; porque transmite esta verdad sobre la encarnación del Señor, de una forma sencilla y comprensible para todos. Lucas no pretende dar una explicación de cómo se produjo este misterio de la encarnación. Eso es algo que sólo Dios y la Virgen María saben. Lo que Lucas pretende es dar testimonio de esta fe que la Iglesia sostiene desde su nacimiento: que Dios se hizo hombre y vivió entre nosotros.

¿Por qué quiso Dios hacerse como nosotros? Por amor. Es la única respuesta posible. Se hizo como nosotros porque nos ama y quiere que seamos felices. Si Dios no nos quisiera; si no le importásemos, al ver nuestro comportamiento le bastaría con dar un manotazo para borrarnos de la faz del mundo; o podría con un chasquido de sus dedos transformarnos en lo que El quisiera. No necesitaba hacerse como nosotros; no necesitaba padecer nuestras limitaciones humanas y desde luego, tampoco necesitaba sufrir la tortura y morir en una cruz. Hizo todo eso para conquistar nuestro corazón, no para someternos y obligarnos a cumplir sus preceptos. Todo lo que Dios hizo y hace es para nuestra salvación; para que alcancemos la plenitud.

Hace más de dos mil años, el ángel Gabriel fue enviado por Dios al mundo; a una región concreta; a una ciudad específica; a una mujer determinada; para un propósito descabellado. Aquella mujer respondió: "Aquí está la esclava del Señor", y dio a luz al Hijo de Dios. Hoy, al igual que todos los días del año, el Señor envía a todas las regiones del mundo; a todas las ciudades y pueblos; a todas las mujeres y hombres; su invitación a aceptar a su Hijo. Aquellos que quieran aceptarlo; que quieran dejarle un hueco en sus vidas; podrán, como la Virgen María, darle a luz al mundo; anunciarle con sus palabras y sus obras.

Que el ruido de estas fiestas no nos impida hacer silencio en nuestro interior, para que cuando contemplemos al niño en el pesebre, seamos capaces de ver en su fragilidad la grandeza de Dios, y lo que ha sido capaz de hacer por nosotros.





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