BUSCAD MI ROSTRO

V DOMINGO DE CUARESMA

Catecismo

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¿Cómo nos sentiríamos si alguien nos dijera que Dios no es como pensamos; que no es cómo nos lo enseñaron; que no hemos interpretado bien sus mandamientos; que no estamos cumpliendo su ley correctamente; que no le gusta nuestro modo de comportarnos, y que ni siquiera nuestras oraciones le agradan?

Si eso nos lo dijera una voz del cielo, una zarza ardiendo o un ángel, no tendríamos más remedio que creerlo. Sería, sin duda, un golpe muy duro que nos costaría mucho sufrimiento aceptar. Luego, poco a poco, trataríamos de ver en qué estábamos equivocados, y de actuar de otro modo que sí agradara a Dios. Porque somos personas religiosas; somos personas que queremos a Dios y queremos cumplir su voluntad.

¿Qué ocurriría si eso nos lo dijera alguien de carne y hueso como nosotros? Pues, seguramente, nos sentiríamos ofendidos. Nos pondríamos a la defensiva y le diríamos que el equivocado es él. Le pediríamos explicaciones de por qué nos dice esas cosas; que nos demostrara que lo que dice es verdad. En definitiva, no nos sería fácil creerle, porque eso supondría reconocer que hemos estado equivocados toda la vida; que hemos estado haciendo el tonto; que en vez de agradar a Dios, le hemos estado ofendiendo.

¿Qué ocurriría si ese alguien, además, no cumpliera los preceptos de Dios como lo hacemos nosotros, y se relacionara con gente increyente, de mala fama o marginados? Entonces no nos sentiríamos ofendidos; lo que nos sentiríamos sería insultados. Nuestra reacción ya no sería ponernos a la defensiva, sino pasar directamente al ataque. Recurriríamos a la crítica, a la desacreditación, a la exclusión, al insulto, e incluso puede que al uso de la fuerza. Esa persona sería considerada una clara amenaza para nosotros y para nuestra fe, y haríamos todo lo posible por expulsarla de nuestra Iglesia, y por silenciarla.

Llegamos a la última pregunta. ¿Y si Dios respaldara sus enseñanzas con signos como la curación de paralíticos, ciegos y sordos; con signos como el de convertir el agua en vino o la multiplicación de los panes y los peces? Entonces nos encontraríamos en una situación parecida a la descrita en relación con la voz del cielo, la zarza ardiendo o la aparición de un ángel. O puede que tal vez no. También cabe la posibilidad de que no creyéramos esos signos; que pensáramos que no son más que trucos de magia, y por tanto, que nos empeñáramos en buscar dónde está el engaño para desenmascarar a esa persona y dejarla en ridículo, para que nadie creyera en ella.

En esta situación es en la que se encuentra el pueblo respecto a Jesús. Están divididos. Unos creen que es un pecador porque no respeta el sábado; creen que sus enseñanzas son erróneas y apartan al pueblo del camino correcto a Dios; están muy enfadados con El porque les afea su comportamiento y porque se atreve a dirigirse a Dios llamándole Padre. Otros, en cambio, creen que viene de Dios, porque ningún pecador sería capaz de hacer los signos que Él hace; porque enseña con autoridad; porque su palabra sencilla llena de un gozo especial el alma; porque su mirada te hace sentir profundamente querido y aceptado tal y como eres.

El Señor está empeñado en que todos crean en Él para que todos se salven. No quiere que nadie se quede fuera; ni siquiera los que le desprecian, le critican, e incluso ya han intentado acabar con su vida. Cuando se entera de la enfermedad de Lázaro, no se precipita en ir a curarlo. Va a aprovechar la oportunidad para hacer otro signo aún mayor que los que ha hecho hasta ese momento, para que los que aún no creen en Él, se convenzan y crean. Va a dejar morir a su amigo, e incluso va a esperar hasta que lo entierren.

Al llegar Jesús a Betania, Marta sale a su encuentro y le dice: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá." Esto es una impresionante demostración de fe, porque Lázaro ya lleva cuatro días enterrados, y humanamente hablando ya no hay ninguna razón para la esperanza. Sin embargo, Marta manifiesta su fe en que el Señor es capaz de vencer a la enfermedad e incluso a la propia muerte. También su hermana María sale corriendo a su encuentro y le demuestra su fe en Él. Pero el Señor no está preocupado por ellas, ni tampoco por su amigo Lázaro. Si hubiera querido, habría podido curarlo a distancia con una sola palabra suya, como ya hizo en otras ocasiones.

Jesús se conmueve ante el llanto de sus amigas y llora también con ellas. Pero en la última frase de su oración se pone de manifiesto por qué motivo era necesaria aquella muerte, y por qué motivo decide ir en persona allí: "para que crean que tú me has enviado". Su principal preocupación, es esa: que crean que Dios le ha enviado; que es el Mesías prometido desde antiguo por los profetas. Sólo creyendo eso, aceptarán sus enseñanzas; aceptarán lo que ha venido a decir de parte del Padre. Gracias a este nuevo signo, muchos creyeron en Él. Gracias a los que creyeron en Él, creemos también hoy nosotros. Nuestra tarea es continuar trasmitiendo esta fe, y al igual que el Señor, no excluir a nadie de esta tarea, ni siquiera a los que no les caemos bien.





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